Y la reflexión me la he planteado al conocer que en España, aunque el invento no es nuevo y ya existe en otros países como Holanda, se han creado una oferta de negocio en salud consistente en «matronas a domicilio». Dos empresas, Maternitas y Natalis, han detectado que existe una demanda social que precisa de ayuda en los primeros días tras el parto para que te apoyen, aclaren e informen sobre el qué y cómo hacer con los bebés. Claro que barato, lo que se dice barato no lo es. Las visitas son aproximadamente de tres horas diarias en el domicilio familiar, y se prolongan durante tres, cinco o siete días, dependiendo lo que cada cliente prefiera. Y el servicio de cuidados postparto en el hogar ronda los 500 euros.
Y aquí mis dudas:
¿Este tipo de ofertas «empoderan» a los pacientes o los hacen más dependientes del sistema?. Nuestras madres, y no te cuento nuestras abuelas, ¿estaban “superempoderadas” o vivían en el riego más absoluto?
¿Dónde está ese punto de equilibrio? Si les ponemos un teléfono, 24 horas al día, para aclarar dudas sobre su salud, les estamos ayudando a autogestionar sus problemas o les estamos haciendo dependientes del teléfono de marras?
Supongo y espero que los sistemas a los que hago referencia realicen estudios sobre los motivos de consulta, si estas dudas y los consejos de salud que se les proporcionan, logran que el paciente pueda gestionar mejor su salud y enfocar adecuadamente sus demandas o por el contrario les convierten en dependientes totales que no son capaces de tomar decisiones sin consultarlas
El otro aspecto de duda es el que se refiere a la ley de los cuidados inversos. A 500€ de vellón, está claro el nivel social que va a demandar los servicios. A las madres con “servicios” les ofertamos más servicios y las que no disponen de esos “posibles” les dejamos con las dudas, con el agravio comparativo y con una sensación de angustia y luego, así pasa lo que pasa.
Se puede pensar, con resignación, que la sociedad actual, liberal y de mercado, es así. Que el que tiene dinero consume servicios y el que no lo tiene es un mero observador de cómo los ricos los consumen. Yo prefiero pensar que es un reajuste social del sistema. Los ricos se acabaran volviendo gilipollas y los menos ricos serán capaces de sobrevivir en este sistema injusto. Lo malo es que cuando los ricos se extingan por «tontos», los “otros” ocuparan su lugar y repetirán sus mismos errores.
